El espejismo del algoritmo | Cuando la máquina secuestra la mirada y el arte se convierte en menú de fast food (Parte I)

La IA no es tu enemiga; lo es tu sumisión. Hemos dejado que un algoritmo dicte nuestra estética, secuestre nuestra mirada y convierta la fotografía en un menú de fast food. Es hora de romper el espejismo. (Parte I).

© Doctor Z | Miquel Angel Riquelme Nuñez - Imagen © Osvaldo Labbé - © Doctor Z | Miquel Angel Riquelme Nuñez

7/9/20263 min leer

"El espejismo del algoritmo". Collage que explora el secuestro de la mirada | Miquel Angel Riquelme
"El espejismo del algoritmo". Collage que explora el secuestro de la mirada | Miquel Angel Riquelme

No voy a demostrarte que sé de esto. Voy a demostrarte que lo he mirado de cerca, cámara en mano, durante treinta años de oficio. Y lo que he visto en los últimos dos es una mutación silenciosa: no ha cambiado la herramienta, ha cambiado quién manda.

Lo que es, antes de lo que parece

Una idea antes que un debate técnico, y quiero dejarla clavada desde la primera línea: la inteligencia artificial no es el enemigo. No estoy aquí para satanizar la herramienta. Es el espejo más honesto que nos hemos fabricado. Y como todo espejo honesto, molesta.

El enemigo tiene otro nombre, y hay que decirlo sin rodeos: es la subordinación. Es entregarle tu criterio creativo y tu discurso a un algoritmo de distribución que no sabe nada de arte con criterio humano, o a una censura que decide qué discurso puede existir y cuál no. La IA como herramienta, úsala sin miedo. La IA como amo, ahí es donde yo planto bandera.

Vivimos una transformación brutal y, siendo justos, en muchos sentidos geniales. Hoy alguien sin callos en los dedos, sin las mil fotos fallidas que forjan criterio, puede generar una pieza que roza lo magistral en segundos. La frustración del principiante se disuelve. Eso, viniendo de quien lleva un cuarto de siglo aprendiendo y enseñando a mirar, no lo voy a negar: es un triunfo real de la técnica.

Pero cuidado con confundir acceso con criterio. Ahí está el espejismo.

Denuncia visual de la homogeneización y el control de la mirada © Osvaldo Labbé
Denuncia visual de la homogeneización y el control de la mirada © Osvaldo Labbé

El objeto entra en escena

La IA generativa no cayó del cielo ni nació de la genialidad espontánea de cuatro visionarios en un garaje. Es el resultado de un saqueo silencioso y masivo. Para que un modelo entienda hoy qué es un claroscuro, la textura de una piel bajo luz de tarde, o por qué una composición te detiene el pulso, primero tuvo que tragarse —sin pedir permiso, sin firmar contrato, sin pagar un céntimo— el archivo entero de generaciones de creadores que se dejaron la vista educando la suya. Como ha señalado sin rodeos el senador Bernie Sanders en su ofensiva contra los "oligarcas tecnológicos", la palabra correcta para esto no es "innovación": es robo.

Empresas como OpenAI o Midjourney se han criado a base de devorar millones de fotografías y obras sin reconocimiento ni compensación. Han privatizado un esfuerzo colectivo —el de todos los que llevamos décadas entrenando el ojo— y ahora nos lo revenden envuelto en una suscripción mensual.

Denuncia visual de la homogeneización y el control de la mirada © Osvaldo Labbé
Denuncia visual de la homogeneización y el control de la mirada © Osvaldo Labbé

La jaula de la distribución

Pero el saqueo en la creación es solo la primera capa; el verdadero secuestro ocurre después, en la exhibición. Plataformas como Instagram han transformado el arte en un menú de fast food visual. Aquí es donde es urgente crear conciencia y dejar evidencia de cómo nos están manipulando. A través de algoritmos opacos, estas plataformas orientan nuestra forma de ver, dictando qué estética funciona, qué temas se premian con visibilidad y qué discursos se hunden en el olvido. Nos adiestran para crear lo que el algoritmo quiere consumir, homogeneizando la mirada colectiva.

Esto es profundamente preocupante. A lo largo de la historia, los artistas han sido siempre la vanguardia, el paso adelante en la transformación de las sociedades. Somos los garantes de que no se ampute la libertad de expresión y de creación. Cuando el mundo se vuelve rígido o peligroso, el arte rompe la estructura.

Pensemos en el dadaísmo, que surgió como un grito visceral e ilógico contra la masacre y la razón burguesa que nos llevó a la Primera Guerra Mundial. O recordemos a la Bauhaus, un faro de innovación y humanismo que defendió la vanguardia y la libertad creadora en la Alemania de los años 30, justo cuando la sombra aplastante de Adolf Hitler intentaba imponer una única forma de ver el mundo.

Ayer, la amenaza era el totalitarismo político; hoy, el riesgo es el totalitarismo estético de un algoritmo comercial. Si cedemos nuestra mirada a la máquina para que decida qué y cómo debemos mostrar al mundo, perdemos nuestra razón de ser.

(Fin de la Parte I)

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